36 años | México
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Mi papá tenía la manía de llamar solo para decir “¿ya comiste?”. Yo siempre contestaba rápido, menos ese martes. Vi la llamada, pensé “luego”, y seguí trabajando. Esa noche ya no volvió a marcar. Al día siguiente me avisaron que se había ido dormido, sin dolor, dicen. En su mesa quedó el café servido y el pan sin morder. Días después encontré su celular cargado, con mi nombre arriba y la hora exacta de esa llamada. Desde entonces, cada vez que el teléfono vibra, lo contesto sin pensarlo.

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