25 años
| Bolivia
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Mi hermano mayor me regaló su bici vieja cuando se fue a estudiar a la capital. Era roja, con el manubrio torcido y el timbre que sonaba a medio gas, pero para mí era lo más lindo del mundo a los doce años. Pedaleaba por todo el barrio gritando “¡miren mi nave!”. Él me miraba desde la puerta y se reía. Años después, cuando volví de la uni con trabajo estable, la encontré oxidada en el fondo del patio. La pinté de nuevo, rojo brillante, y la dejé en su cuarto vacío con una nota: “Gracias por la primera libertad, hermano”. Nunca hablamos de eso, pero cuando viene de visita, la ve y sonríe chueco. Sigue siendo nuestra.
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