32 años
| México
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Mi novia y yo empezamos vendiendo bocaditos en la cocina de mi mamá, que siempre decía: “¡Ya llenaron la casa de olor a mantequilla otra vez!” Un día nos dio la loquera y gastamos todos los ahorros en poner un puestico en la feria. Todos decían que nadie iba a comprarnos. Pero vendimos todo en dos horas. Ahora tenemos nuestro negocio, y cada vez que alguien nos dice qué suerte, me río y contesto: “Suerte no, hambre, compa.”
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